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La Coctelera

La esperanza tiene un precio

11 feb 06

Hoy he ido a cortarme el pelo: algunos os preguntaréis, ¿cortarte qué pelo?. Pues sí, el pelo, porque, aunque tenga poco, también crece. La peluquera, muy simpática: me ha hecho un buen corte (con maquinilla, pero un buen corte), y me ha dado un masaje capilar, mientras me lavaba la cabeza, que me ha dejado como nuevo. Pero, cuando terminó su trabajito, llegó el disgusto: me puso un espejo para que pudiese verme por detrás y, ¡alarma!: ¡hay zonas en las que tengo mucho menos pelo que en otras!. En ese momento me sentí como si fuese un artista invitado en un episodio de Ally McBeal: en mi cabeza visualicé a un coro gospel cantando "te quedas calvo, yeah, te quedas calvo, oh sí, yeah" mientras una flecha pasaba sobre mi cabeza llevándose por delante los cuatro pelos que me quedan... Total, que las luces de emergencia se encendieron y las neuronas del departamento de crisis se reunieron en una milésima de segundo: ¡una solución quiero!. Y la "solución" surgió de boca de la peluquera: ´"deberías echarte unas ampollas anticaída y utilizar un champú especial para frenar esto". No lo dudé y acepté el producto anticaída que me ofreció.
Salí de la peluquería con 91 euros menos en el bolsillo: en cuanto pisé la calle, no dejé de pensar si había hecho bien o no gastándome tanto dinero en algo que se supone que va a frenar un proceso como el de la caída del cabello. Empecé a ponerme nervioso y no dejaba de repetirme a mi mismo "¡me han tomado el pelo!". Intenté calmarme pensando que estaba realizando una inversión, pero luego me dije "¿inversión?: uno invierte en bonos del Estado, en una vivienda, o en acciones de una empresa, pero no en un producto que lo único que va a hacer, si lo hace, es retrasar algo que, tarde o temprano, ocurrirá: no hay esperanza para mi". Así que volví a la peluquería y les pedí que me devolviesen el dinero argumentando que uno no puede engañarse a si mismo de esta manera y prentender que el pelo no se le caiga, cuando lo hará de todas maneras.
Gracias a esa frase tan famosa de "si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero", me reembolsaron los 81 euros que me costó el producto (el corte lo pagué, claro está): con ellos voy a comprarme las ampollas que me ha recomendado mi amigo Miguel, que dice que son "fantásticas", que solo valen 11 euros y que obtienes resultados garantizados. Os preguntaréis, "¿no decías que te estabas engañando a ti mismo intentando frenar algo que sabes que ocurrirá antes o después?". Quizás, pero el engaño me cuesta 70 euros menos; y aunque es cierto que podría no costarme un céntimo, con o sin engaño, las ampollas de 11 euros me han devuelto la esperanza.

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