La nouvelle cuisine
5 mar 06Cuando llevas mucho tiempo sin ver a un/a amigo/a, piensas "qué mejor manera que reunirnos ante una buena mesa". Así que coges el teléfono o te sientas ante el ordenador y envías un mail: "¿quedamos para comer?". Hecha la pregunta, surge otra: "¿y a dónde vamos?". Ahí entramos en terreno peligroso. Elegir bien o mal un restaurante es un riesgo que hay que correr, un riesgo que te puede dejar hambriento y, algunas veces, con el bolsillo temblando.
En este caso el bolsillo no se ha quedado mal, pero el estómago ha rugido toda la tarde. Mi amiga, alias la pelirroja, y yo decidimos probar un restaurante de moda, el típico en el que te sirven lo que se conoce como "cocina de autor". Para más señas los platos que en dicho restaurante se pueden degustar surgen de la imaginación de un cocinero televisivo atrapado en una cocina infernal.
Así transcurrieron los hechos: nos sentamos, el camarero nos proporciona la carta (un trozo de papel bien plastificado conteniendo un menú del día ilustrado con fotografías de los platos a elegir) y nos toma nota. Puestos a contarlo todo, he de decir que el camarero parecía estresado, y, si no lo estaba, entonces no se enteraba muy bien de dónde estaba. La pelirroja ha definido este punto como "servicio caótico o, más bien, inexistente: al camarero no se le entendía porque no vocalizaba y casi tiraban los platos más que colocarlos en la mesa". Superado el momento "tomo nota", la pelirroja y yo comenzamos una charla que se vio interrumpida por la llegada del pan: como suele ser habitual en muchos restaurantes, uno puede elegir entre varias clases del mismo. Hecha la elección, continuamos nuestra charla y, a los pocos minutos, irrumpe en la mesa el primer plato: la pelirroja pidió una sopa de hongos y setas, y para mi una ensalada de queso de cabra con bacon y mango. La sopa venía servida en un cuenco más propio de un consomé de media tarde que de un primer plato, y la ensalada...: si a una hoja de lechuga rizada, unas virutas de bacon, unas migas de queso y unos daditos de mango pueden recibir el nombre de ensalada, yo me comí una ensalada, eso sí, sin aliño de ninguna clase. Mi amiga ha descrito mi primer plato como "un pincho de lechuga con abalorios".
Ingerido el primer plato, en unos cuatro bocados, nos disponemos a degustar el segundo: ambos pedimos una coca de gambas. Algunos de vosotros diréis, ¿una coca de qué?. Pues una especie de masa de pan cocinada y del tamaño de una napolitana (aunque algo más gruesa que una tostada), con dos gambitas encima recubiertos de una especie de bechamel, acompañada de una cucharada de salsa de tomate (la pelirroja la describe muy bien en su crítica que podréis leer a continuación). Tiempo estimado para su ingesta: 5 minutos. Movimientos de mandíbula para proceder a la introducción de los alimentos: otros cinco.
Puesto que la charla era amena y divertida, no fuimos conscientes de que la comida estaba tibia y que nuestros estómagos estaban siendo víctimas de un engaño alimentario digno de juzgado de guardia.
Terminados el primer y el segundo plato, nos disponemos a tomar el postre: de las opciones propuestas en la carta del menú del día, solo quedaba "espuma de mandarina". Pues venga, espuma de mandarina. La misma apareció ante nosotros cual maná: un pequeño cuenco contenía la bendita espuma y una pequeña bola de helado de chocolate irrumpía del centro. Tiempo estimado de ingesta: 2 minutos. Tiempo real: un minuto y 20 segundos. Movimientos maxilares para proceder a la introducción del postre de diseño: tres. ¿Se notaba la mandarina? Yo solo me enteré del sabor del chocolate.
Como bien dice la pelirroja, "una cosa es comer sano, y otra no comer: para comer sano y mantener el tipo no hay que morirse de hambre, hay que comer bien Punto."
A continuación os adjunto el comentario de la pelirroja:
Hablaré de mi menú:
Una crema de verduras me resulta siempre apetecible, al fin y al cabo soy cuasivegetariana y es una forma agradable de ingerir forraje. El ofrecimiento era tentador: crema de setas....¡me encantan las setas! tan ricas a la plancha, rebozaditas con su pan rallado, en crema.....con su caldito, su poquito de leche, su pelín de nata....y en este caso ..su puntita de jamón… Bueno, más que puntita, el cerdo debió lavarse las pezuñas y hasta el morrillo en mi crema de setas porque estaba salada a morir ¡Dios bendito, menos mal que soy hipotensa! y demasiado fuerte como para estar echa sólo con su puerrecito, sus setas, y lo ya mencionado, sólo hay una explicación: usaron un caldo de esos de brick que suelen estar rabiosos....porque un buen caldo bien hecho te calienta el cuerpecillo en las tardes de invierno y hasta el alma en noches canalla pero no te produce una embolia por acumulación salina en las arterias. En fin, me tomé la crema y compensé con el pan integral (revenido pero integral, eso sí) antes de enfrentarme a la coca.
Una coca es como una pizza a la española. Una coca con gambas debe tener al menos gambas...en mi trozo de coca había exactamente una gamba y media (denominación de origen: congelator Four Stars) el resto era un picadillo de mejillones con una bechamel que estaba....SALADA...joder....que debieron de hacerla con el mismo caldo recauchutado. La salsa de tomate era lo mejor, parecía natural pero yo compro una del bierzo en bote de cristal que se parece mucho...
El postre: no hay comida sin postre. Esta es una máxima que para mí no ofrece dudas. El postre forma parte de la comida y, en este caso, así fue....espuma de mandarina. Lógicamente y al ser espuma tenía básicamente....AIRE....por lo que queda precioso de presentación, es sutil al paladar pero imperceptible para las papilas gustativas de la lengua porque se ha desvanecido antes de que puedas hincarle el diente. El helado de chocolate...bien...era.... helado de chocolate.
Vamos que hicimos como que comíamos pero en realidad fue un amagar pa ná.
La pelirroja.
Tras esta experiencia, mi amiga, la pelirroja, y yo hemos llegado a la siguiente conclusión: la cocina de autor, esta nueva cocina que tanto arrasa, no nos convence: cuando nos sentamos a la mesa queremos comida, queremos comer en condiciones y, si es necesario, aflojar el cinturón del pantalón. Queremos comer sustancia, queremos callar a nuestros estómagos hasta la hora de la cena.
Uno no necesita hacer un curso de cocina para coger una hoja de lechuga, desmigar un poco de queso, convertir una tira de bacon en virutas y cortar medio mango: eso lo puede hacer cualquiera en el carrefour, cogiendo los productos, un plato y montándose allí mismo el menú del día. Y para preparar la dichosa coca… en fin: habríamos hecho más comida con un camping gas. La espuma, la dejamos para el pelo: un postre de estas características ni te llena ni lo saboreas: si lo llegamos a saber, nos llevamos un brik de natillas y nos quedamos tan anchos.