¿Queremos la paz?
25 abr 06Este fin de semana se han producido una serie de actos violentos en Navarra y en Vizcaya, unos actos que para algunos suponen obstáculos en el camino emprendido, para otros un motivo para paralizar un “proceso de paz” que todavía no ha comenzado y para otros tantos la justificación para atacar la política antiterrorista del gobierno.
Resulta frustrante que el principal partido de la oposición aproveche estos “accidentes” para demostrar una vez más lo que muchos nos tememos: que no sabrán estar a la altura del momento que nos toca vivir, la posibilidad de que el fin del terrorismo sea una realidad. Ojalá no hubiesen ocurrido estos actos violentos y ojalá no vuelvan a producirse, ¿pero alguien creía realmente que no nos encontraríamos con estas dificultades para conseguir la paz?; ¿alguien, después de tantas décadas de extorsiones, de coches bomba y de tiros en la nuca, cree realmente que ETA va a desaparecer de un día para otro o únicamente con la actuación judicial y policial? Detrás de ETA hay mucho más que bombas, pistolas o cartas de extorsión: detrás de ETA existe el deseo de conseguir un fin y pretenden lograrlo por la fuerza de las armas. Muchos demuestran no haberse enterado, a estas alturas, que hay quien persigue el mismo objetivo, desde hace muchos años e incluso gobernando a nivel autonómico gracias al apoyo de las urnas (con todo lo que eso implica), pero con la fuerza de la palabra. Ahora parece que la banda terrorista y su brazo político, ilegalizado tras la aprobación de la ley de partidos, están dispuestos a emprender un camino que puede desembocar en el diálogo y en el fin de la violencia. Pero el camino, como dijo Zapatero, será largo, duro y difícil, y ahí están los hechos de que así parece que será.
¿Queremos la paz? ¿De qué lado estamos: del lado de los que están dispuestos a utilizar todas los mecanismos que el Estado de Derecho y la democracia nos ofrecen, o del lado de los inmovilistas que no están dispuestos a moverse ni un ápice de sus planteamientos?
Todos los partidos políticos han condenado los actos violentos que se han producido este fin de semana, incluso los miembros de la ilegalizada batasuna han emitido un comunicado institucional condenando los hechos y solidarizándose con los afectados. Si la utilización de la frase “alto el fuego permanente”, por parte de ETA, resultaba novedosa y esperanzadora, no menos novedoso y esperanzador resulta que la izquierda abertzale condene públicamente la violencia callejera y se solidarice con quienes la sufren. A pesar de todo, estos pequeños pasos tan necesarios son infravalorados, menospreciados y olvidados por ciertos dirigentes que siempre tienen algo negativo que decir: si no condenan, porque no condenan; si condenan, no se lo creen. ¿Qué quieren entonces? ¿Qué realidad es la que quieren ver, qué palabras son las que quieren oír?
Seguramente estos ciegos y sordos verían y oirían mejor si estuviesen donde estaban hace dos años: en la tregua del año 1998, el partido en el Gobierno no exigía ni la disolución de la banda ni la entrega de las armas, se hablaba de generosidad, del papel de Navarra, de Otegi como interlocutor, de la reinserción y del acercamiento de los presos, de diálogo y de construcción de la paz. Ocho años después, el partido en la oposición exige disolución, entrega de armas, las palabras “generosidad”, “Navarra”, “diálogo” y “Otegi” producen algo más que urticaria e indignación sin medida, y hablar de proceso de paz es absurdo porque no estamos en guerra: cuando en el 98 el ejecutivo se llenaba la boca con la palabra “paz”, ¿era porque entonces sí estábamos en guerra? ¿Qué ha cambiado?
Siempre hay quien quiere enturbiar y dificultar el recorrido del camino, quien no está dispuesto a implicarse como hay que hacerlo, quien no sabe estar a la altura, tanto por parte de los violentos como por parte de quien utiliza la palabra. Superar todos estos obstáculos fortalecerá el futuro proceso de paz, pero también debilitará a todos aquellos que no supieron estar ni en el momento ni en las formas. Porque el apoyo y la responsabilidad, vengan de donde vengan, además de verbalizarlos, hay que demostrarlos, sobre todo en la adversidad.