Amigos, siéntense, relájense y respiren hondo porque vamos a dar un pequeño paseo por las nubes. En el plazo de unos meses España tendrá un gobierno como Dios manda, un gobierno que nos salvará a todos, izquierda incluida, de la hecatombe “zapateril”, un gobierno presidido por Mariano Rajoy. El Partido Popular volverá a gobernar porque tiene el mejor candidato del “mejor partido de Europa”, el único que puede presumir de haber participado “en los mejores gobiernos" de la democracia, el legítimo sucesor de “el milagro”, el “cuñadísimo”, “el primo”, el defensor de la patria y la familia, el hombre decente, el español de bien, el único candidato de fiar, el que no busca “genialidades sino dar soluciones a los problemas de la gente”, el que forjará un “Nuevo Consenso que abra una etapa de estabilidad, progreso y bienestar para el conjunto de la sociedad española”, el “salva patrias” que ha logrado “que las cosas no fueran a peor”, el gran “dique frente a una marea de frivolidad, demagogia y relativismo” que nos invade. En definitiva, el Partido Popular tiene “al mejor”.

Leídas las últimas declaraciones de quien aspira a gobernar este país y con los pies sobre la Tierra me pregunto: ¿no resulta atrevido calificar al PP como el mejor partido de Europa cuando no condena el franquismo en su Parlamento o se niega a impartir una asignatura tan “europea” como educación para la ciudadanía?; ¿no resulta paradójico que el líder de la oposición califique de “mejores gobiernos de España” a aquellos que cambiaron radicalmente la política exterior de nuestro país y no quisieron imponer su soberanía frente a la mentira, a aquellos que, finalizando su mandato, propugnaban la necesidad de una “regeneración democrática”, a aquellos que mintieron durante tres días por miedo a perder unas elecciones y se han inventado una “verdad” para limpiar sus conciencias?; ¿no resulta insultante que Mariano Rajoy únicamente considere “decente”, “normal” o “de bien” a quien comparte y comulga con sus ideas?; ¿no resulta frustrante que las soluciones a nuestros problemas parezcan encontrarse en recoger un puñado de firmas a lo largo y ancho de la geografía española preguntando lo obvio, calificar de “traición a los muertos” la búsqueda de una paz intentada en el pasado por otros, recurrir ante el Tribunal Constitucional cuanta ley ha aprobado la mayoría parlamentaria, enfundarse la bandera de España o dotar de letra al himno nacional?; ¿no resulta absurdo prometer un Nuevo Consenso cuando para lograrlo sería necesario que quien ocupe la oposición no la ejerza como lo ha hecho hasta ahora el Partido Popular?; ¿no parece surrealista prometer que se “abrirá” una etapa de estabilidad, progreso y bienestar cuando ésta lleva tres años abierta?. ¿Cómo calificar al pirómano que ejerce de bombero?.

Desgraciadamente, nuestro país ha tenido, en los últimos tres años y medio, una oposición incapaz de digerir la derrota electoral y de asumir sus responsabilidades, dedicada a dividir y a enfrentar, a presumir mucho y demostrar poco; una oposición incapaz de recordar, condenar y aprender del pasado, incapaz de reconocer el presente de una España mejor que la de hace cuatro años en la que sus ciudadanos son más iguales y tienen más derechos, incapaz de anteponer el sentido de Estado al partidismo que hipoteca nuestro futuro. Afortunadamente nuestro país ya no ha de ser “el perrito faldero” de nadie para tener su lugar en el Mundo, no necesita a ningún autoproclamado “defensor/salvador” de la patria ni hacer gala de ese “patriotismo” exacerbado en el que se refugian los “sinvergüenzas” que dicen haber aprendido de los errores ajenos pero no aprenden de los propios, que no tienen más proyecto y objetivo político que el de ganar unas elecciones y gobernar al precio que sea. Este país no se merece tener que esperar a las próximas elecciones para que se forje un Nuevo Consenso: solo necesita una oposición responsable y madura que sea capaz de consensuar, con el gobierno elegido por la mayoría popular, la estabilidad, el progreso y el bienestar de todos.

Cuando un país tiene una economía estable y superávit, crea empleo, avanza en el reconocimiento de derechos sociales o emprende la búsqueda de la paz no va a peor, va a mejor. Cuando alguien niega lo evidente e intenta ahogarnos, diariamente, con su marea de frivolidad, demagogia y relativismo presentándose como “el mejor”, solo nos queda acudir a las urnas para devolverle a la realidad de su mediocridad. Llegar hasta aquí ha costado demasiado como para que nos quedemos impasibles el día en que volvamos a tener la oportunidad de decidir cómo queremos que sea nuestro futuro.

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